1
Empezó por una equivocación.
Estábamos en navidades y me enteré por el borracho que vivía calle arriba, y que lo hacía todos los años, que contrataban a cualquiera que se presentase, así que fui y lo siguiente que supe fue que tenía una saca de cuero a mis espaldas y que me dedicaba a pasear a mis anchas. Vaya un trabajo, pensé. ¡Tirado! Sólo te daban una manzana o dos y si te las arreglabas para terminar, el cartero regular te asignaba otra manzana para repartir el correo, o también podías volver y el jefe te mandaba a otra parte, pero lo mejor que podías hacer era tomarte tu tiempo y meter relajadamente las tarjetas de Navidad en los buzones.
Creo que fue en mi segundo día como auxiliar de Navidad cuando esta mujerona salió y se puso a andar a mi lado mientras yo repartía las cartas. Cuando digo mujerona me refiero a que tenía un culazo y unas tetazas y en general era grande en todos los lugares adecuados. Parecía estar un poco chiflada, pero me ponía a mirar su cuerpo y no me importaba demasiado.
Hablaba y hablaba y hablaba. Entonces salió la cosa.
Su marido trabajaba en una isla lejana y se sentía sola, ya sabes, y vivía en aquella casita de allá atrás, toda para ella.
-¿Qué casita? -pregunté.
Ella escribió la dirección en un pedazo de papel.
-Yo también estoy solo -dije-, me pasaré esta noche y charlaremos.
Yo estaba liado con una tipa, pero ella a veces desaparecía durante unos días y yo realmente me sentía solo. Solo y deseoso de aquel culo que tenia a mi lado.
-De acuerdo -dijo ella-, te veré esta noche.
Estuvo bien, tenia un buen polvo, pero como todos los buenos polvos, al cabo de la tercera o cuarta noche empecé a perder interés y no volví.
Pero no podía dejar de pensar: «Caramba, todo lo que hacen estos carteros es dejar unas cuantas cartas en el buzón y echar polvos. Este es un trabajo para mí, oh sí sí sí.»
2
Así que hice el examen, lo aprobé, pasé luego las, pruebas físicas y allí estaba, de cartero suplente. Empezó fácil. Me enviaron a la estafeta de West Avon y fue igual que durante las navidades, a excepción de que no ligué nada. Todos los días esperaba acabar acostándome con alguna tipa, pero nada. Pero el curro era fácil y lo único que hacía era recorrer alguna manzana que otra repartiendo cartas. Ni siquiera llevaba uniforme, sólo una gorra. Iba con mi ropa habitual. Del modo como mi novia Betty y yo bebíamos era difícil que sobrase dinero para vestidos.
Entonces me trasladaron a la estafeta de Oakford.
El jefe era un tío con cabeza de buey llamado Jonstone.
Necesitaban auxiliares y comprendí por qué. A Jonstone le gustaba llevar camisas de color rojo oscuro, lo que significaba peligro y sangre. Había 7 auxiliares: Tom Moto, Nick Pelligrini, Herman Stratford, Rosey Anderson, Bobby Hansen, Harold Wiley y yo, Henry Chinasky. Había que entrar a las 5 de la mañana y el único borracho era yo. Siempre bebía hasta pasada la medianoche, y allí nos sentábamos, a las 5 de la mañana, esperando a que pasaran las horas, esperando a que alguno de los carteros regulares llamara diciendo que estaba enfermo. Los regulares normalmente llamaban diciendo que estaban enfermos los días de lluvia, o durante una ola de calor, o después de un día de fiesta cuando el volumen del correo era doble.
3
Había 40 o 50 rutas diferentes, quizá más, cada caso era distinto, nunca llegabas a poder aprenderte ninguna de ellas, tenias que ordenar el correo antes de las 8 de la mañana para el reparto, y Jonstone no admitía excusas. Los auxiliares marcábamos las rutas de los paquetes de revistas, nos quedábamos sin comer y moríamos por las calles. Jonstone nos ponía a ordenar en cajas las rutas con media hora de retraso, dando vueltas en su silla, con su camisa roja. -¡Chinaski, coge la ruta 539!-. Empezábamos con media hora de retraso, pero se suponía que aun así había que ordenar y distribuir el correo a su tiempo y estar de vuelta a la hora prevista. Y una o dos veces por semana, ya bien rotos, apaleados y jodidos, teníamos los repartos nocturnos, cuyo horario era imposible, la furgoneta no podía ir tan deprisa. En la primera ronda tenías que repartir cuatro o cinco* cajas y cuando volvías ya estaban de nuevo desbordantes de correo y tú apestabas, bañado en sudor, metiéndolo todo en las sacas. No echaba polvos, pero acababa hecho polvo. Todo gracias a Jonstone.
Eran los mismos auxiliares los que hacían posible a Jonstone, al obedecer sus órdenes imposibles. Yo no podía comprender cómo a un hombre de tan obvia crueldad se le podía permitir ocupar ese puesto. A los regulares no les importaba un carajo, el enlace sindical no servía, así que rellené un informe de treinta páginas en uno de mis días libres, le envié una copia a Jonstone y la otra la entregué en el Edificio Federal. El empleado me dijo que esperara. Esperé y esperé y esperé. Esperé una hora y media y entonces me llevaron a ver a un hombrecito con el pelo gris con ojos de ceniza de cigarrillo. Ni siquiera me pidió que me sentara. Empezó a gritarme nada más cruzar la puerta.
-¿Eres un listillo hijo de puta, no?
-¡Preferiría que no me insultara, señor!
-Listillo hijo de puta, eres uno de esos hijos de puta con mucho vocabulario que te gusta dar lecciones.
Me agitó mis papeles delante de las narices y gritó:
-¡EL SEÑOR JONSTONE ES UN BUEN HOMBRE!
-No sea absurdo. Obviamente es un sádico -dije yo.
-¿Cuánto tiempo lleva usted en Correos?
-3 semanas.
-¡EL SEÑOR JONSTONE LLEVA EN EL SERVICIO DE CORREOS 30 AÑOS!
-¿Y eso qué tiene que ver?
-¡He dicho que EL SEÑOR, JONSTONE ES UN BUEN HOMBRE!
Creo que el pobre tipo estaba realmente deseando matarme. El y Jonstone debían haberse acostado juntos.
-Está bien -dije-, Jonstone es un buen hombre. Olvídese de todo el jodido asunto.
Luego salí y me tomé el resto del día libre. Sin paga, por supuesto.
4
Cuando Jonstone me vio al día siguiente a las 5 de la mañana, giró sobre su silla y su cara mostraba el mismo color que su camisa. Pero no dijo nada. No me importaba. Habla estado hasta las 2 de la madrugada bebiendo y follando con Betty. Me eché hacia atrás y cerré los ojos.
A las 7 de la mañana, Jonstone se volvió de nuevo. A todos los otros auxiliares se les habla asignado trabajo o hablan sido enviados a otras estafetas que necesitaban ayuda.
-Eso es todo, Chinaski. No hay nada hoy para ti.
Observó mi cara. Mierda, no me importaba. Todo lo que quería era irme a la cama y dormir un poco.
-Vale, Roca* -dije. Entre los carteros se le conocía como «La Roca, pero yo era el único que me dirigía a él de esta forma.
Salí, mi viejo coche consiguió arrancar y pronto estaba de vuelta en la cama con Betty.
-¡Oh, Hank! ¡Qué bien!
-¡Y tan bien, nena! -me pegué a su cálido trasero y me quedé dormido en 45 segundos.
* "Stone", abreviatura de "Jonstone", quiere decir "roca" en inglés. (N. del T.)
5
Pero a la siguiente mañana ocurrió lo mismo.
-Eso es todo, Chinaski. No hay nada hoy para ti.
Siguió así durante una semana. Me sentaba allí todas las mañanas desde las 5 a las 7 de la mañana y me quedaba sin paga. Mi nombre había sido borrado incluso de los repartos nocturnos.
Entonces Bobby Hansen, uno de los auxiliares que llevaban más tiempo de servicio, me dijo:
-A mí me hizo eso una vez. Trató de matarme de hambre.
-No me importa, no pienso besarle el culo. Lo dejaré o me moriré de hambre, ya veré.
-No tienes por qué. Preséntate en la estafeta de Prell todas las noches. Le dices al jefe que no te dan trabajo que hacer y que puedes ayudar como auxiliar especial.
-¿Puedo hacer eso? ¿No hay reglas en contra?
-A mí me daban un cheque cada dos semanas.
-Gracias, Bobby.
6
No me acuerdo cuándo se empezaba, a las 6 o las 7 de la tarde, o algo así.
Todo lo que hacías era sentarte con un puñado de cartas, coger un plano de calles y planear la ruta. Era fácil. Casi todos los repartidores tardaban más de lo necesario en planear sus rutas y yo me ajustaba a su ritmo. Me iba cuando se iba todo el mundo y volvía cuando todo el mundo volvía.
Luego hacías otro reparto. Había tiempo para sentarse en cafés, leer periódicos, sentirse como un señor. Incluso tenias tiempo para cenar. Cuando quería un día libre, me lo tomaba. En una de estas rutas había una jovencita que todas las noches recibía un envío especial. Era modista de vestidos sexy y camisones, y los usaba. Subías por su escalerilla hacia las 11 de la noche, llamabas al timbre y le entregabas el envío especial. Ella soltaba una exclamación de sorpresa, como ¡00000000hhhhhhhHHH!- y se quedaba a tu lado, muy cerca, sin dejarte marchar hasta que lo lela, y luego decía -¡OOOOOooooh, buenas noches, muchas GRACIAS!
-De nada, madame -decías, marchándote con la polla como la de un toro.
Pero no podía durar. Llegó en el correo después de semana y media de libertad.
Querido Sr. Chinaski:
Debe presentarse en la estafeta de Oakford inmediatamente. La negativa a hacerlo supondrá posibles acciones disciplinarias o despido.
A. E. Jonstone, Superintendente de la estafeta de Oakford.»
Otra vez de vuelta a la cruz.
7
-¡Chinaski! ¡Coja la ruta 5391
La más dura de la estafeta. Casas de apartamentos con innumerables buzones con los nombres medio borrados, o sin nombres siquiera, bajo la luz de miserables bombillitas en oscuros corredores. Viejas en las puertas, de un lado a otro de las calles, haciendo la misma pregunta como si fueran una sola persona con una sola voz:
-¿Cartero, tiene alguna carta para mí?
Y te daban ganas de gritar:
-¿Señora, cómo coño voy a saber quién es usted o quién soy yo o quién es nadie?
E1 sudor corriendo, la resaca, la imposibilidad de cubrirlo todo, y Jonstone allí con su camisa roja, sabiéndolo, disfrutando, pretendiendo que lo hacía para reducir gastos. Pero todo el mundo sabía por. qué lo hacia. ¡Oh, qué buen hombre era!
La gente. La gente. Y los perros.
Dejadme que os hable de los perros. Era uno de esos días con una temperatura de casi 40 grados y yo estaba haciendo el recorrido, sudando, enfermo, al borde del delirio, resacaso. Me paré en un pequeño edificio de apartamentos con los buzones abajo, a lo largo del corredor. Abrí con mi llave. No se oía una mosca. Entonces sentí algo que me hurgaba en la entrepierna, iba subiendo hacia arriba. Miré y vi un pastor alemán, bien crecido, con su hocico debajo de mi culo. Con un movimiento de mandíbulas me podía arrancar las pelotas. Decidí que aquella gente se iba a quedar sin recibir el correo aquel día, y quizás para siempre. Hostia, lo que quiero decir es que aquel bicho no paraba de hundir el hocico por allí. ¡SNUFF! ¡SNUFF! ¡SNUFF!
Volví a poner el correo en el capazo de cuero y luego muy lentamente, mucho, di medio paso hacia atrás. El hocico me siguió. Entonces di un paso completo lento, muy lento. Luego otro. Luego me quedé quieto. El hocico quedó fuera. Estaba allí delante mío, mirándome. Quizá no había olido nunca nada igual y no sabía bien lo que hacer.
Me alejé sin prisas.
8
Hubo otro pastor alemán. Era un verano abrasador y vino SALTANDO desde un patio trasero y entonces se ABALANZO volando por el aire. Sus dientes chocaron, fallando por un pelo en seccionarme la yugular.
-¡OH, CRISTO! -chillé-. ¡OH, DIOS MÍO! ¡ASESINO! ¡ASESINO! ¡SOCORRO! ¡ASESINO!
La bestia se revolvió y saltó de nuevo. Le pegué en la cabeza en pleno vuelo con la saca del correo, haciendo volar cartas y revistas. Estaba preparándose para abalanzarse otra vez cuando dos tipos, los dueños, salieron y lo agarraron. Entonces, mientras me miraba y gruñía, me agaché y recogí las cartas y revistas que tenia que repartir en la siguiente casa.
-Malditos hijos de puta, están locos -les dije a los dos tipos-, ese perro es un criminal. ¡Desháganse de él o apártenlo de la calle!
Me hubiera pegado con ellos, pero el perro seguía gruñendo y debatiéndose entre los dos. Me fui al porche siguiente y volví a ordenar el correo sobre las rodillas.
Como de costumbre, no tuve tiempo de comer, y aun así regresé con cuarenta minutos de retraso.
La Roca miró su reloj:
-Llega 40 minutos tarde.
-Tú no llegarás nunca -le dije.
-Eso le va a valer un expediente.
-Cómo no, Roca.
Ya tenia el impreso en la máquina de escribir y lo estaba rellenando. Mientras yo estaba sentado ordenando el correo y sellando los recibos, se levantó y me tiró el papel delante de las narices. Estaba harto de leer sus expedientes de amonestación, y sabía por mi viaje a la central que cualquier protesta era inútil. Sin mirarlo, lo arrojé a la papelera.
9
Cada ruta tenía sus trampas y sólo los carteros regulares las conocían. Cada día era una maldita cosa nueva, y tenías que estar siempre listo para alguna violación, asesinato, perros, o alguna locura de cualquier clase. Los regulares no te contaban nunca sus pequeños secretos. Esa era la única ventaja que tenían, aparte de conocerse su ruta a ciegas, con la consiguiente facilidad para ordenar sus cajas de correo. Era la muerte para un empleado nuevo, especialmente para uno que se pasaba la noche bebiendo, se iba a la cama a las 2 de la mañana, y se levantaba a las 4:30 después de follar y cantar prácticamente durante toda la noche, bueno, lo que se podía.
Un día estaba en la calle y el reparto estaba yendo bien, aunque la ruta era nueva para mí, así que pensé, Cristo, quizá por primera vez en dos años pueda tomarme el almuerzo.
Tenia una resaca terrible, pero todo siguió yendo bien hasta que llegó un puñado de correspondencia dirigida a una iglesia. En la dirección no venía el número de la calle, sólo el nombre de la iglesia y el bulevar al que daba. Subí, resacoso, los escalones. No pude encontrar ningún barzón ni a nadie. Sólo algunas velas encendidas. Pequeños cuencos para mojar los dedos y el púlpito vacío contemplándome, y todas las estatuas, de color rojo pálido, y azul y amarillo. Las claraboyas cerradas, la mañana apestosa y tórrida.
Oh, Cristo, pensé.
Y salí fuera.
Di la vuelta a la iglesia hasta un lateral y encontré unas escaleras que bajaban. La puerta estaba abierta y bajé. ¿Qué fue lo que descubrí? Una fila de retretes. Y duchas. Pero estaba oscuro. Todas las luces estaban apagadas. ¿Cómo demonios esperaban que un hombre pudiese encontrar un buzón en la oscuridad? Entonces descubrí el interruptor de la luz. Lo presioné y las luces de la iglesia se encendieron, dentro y fuera. Entré en la siguiente habitación y encontré ropas de cura extendidas en una mesa. Había una botella. De vino.
Cogí la botella y eché un buen trago, dejé las cartas sobre los ropajes y volví hacia los retretes. Apagué las luces y eché una cagada en la oscuridad mientras fumaba un cigarrillo. Pensé en darme una ducha, pero podía ver los titulares: CARTERO SORPRENDIDO BEBIENDO LA SANGRE DE CRISTO Y DUCHÁNDOSE, EN UNA IGLESIA CATÓLICA ROMANA.
As¡ que, finalmente, no tuve tiempo de almorzar y, cuando volví, Jonstone redactó una amonestación por haber llegado 23 minutos tarde.
Descubrí tiempo después que el correo de la iglesia se dejaba en la casa parroquial que había en la esquina. Pero al menos ya conozco un sitio donde cagar y ducharme cuando vengan malos tiempos.
Monday, January 12, 2009
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